Se cuenta que, cuando Horacio Echevarrieta entraba en barco al Abra de Getxo, daba la orden de iluminar las Galerías de Punta Begoña para anunciar su regreso de los viajes de negocios. Aquel gesto, cargado de teatralidad y simbolismo, convertía el acantilado en un escenario donde el poder se hacía visible, y donde la arquitectura se ponía al servicio de la representación personal. La construcción —originalmente concebida como un muro de contención— es hoy testimonio físico de la ambición insólita y la visión audaz del magnate bilbaíno. Lo que en su inicio fue una solución técnica se transformó, bajo su impulso, en un espacio singular a caballo entre lo doméstico y lo representativo, entre lo privado y lo social. Columnatas, salones y terrazas hablan aún hoy del esplendor de una época, que vuelve a salir a la luz tras décadas de abandono gracias a los actuales procesos de rehabilitación.
En homenaje a aquella costumbre atribuida a Echevarrieta, durante todo el mes de octubre y hasta el 6 de noviembre, esta instalación lumínica activará el corazón del conjunto: el templete que articula la galería superior —paralela al muelle de Ereaga— y el cuerpo inferior que recorre el paseo de Arriluce. La intervención, profundamente vinculada a la memoria del lugar, busca reforzar el carácter representativo de la arquitectura desde el espacio público, al tiempo que propone una experiencia íntima desde el interior. Su vocación es doble: generar un diálogo visual deliberadamente disruptivo, y alimentar la reflexión sobre la dimensión simbólica, social y cultural de Punta Begoña, gracias al poder evocador de la luz.
Con esta propuesta, el artista, Diego Sologuren, busca generar un espacio descrito por la luz dentro de las galerías que pueda poner en valor puntos o sitios estratégicos de Punta Begoña. Para ello hace uso de farolas prefabricadas y por todos conocidas como un elemento ajeno/extraño que se pone en relación con el patrimonio construido.